El sábado, Fuel Fandango, We are Estándar y Gigoletto Brass cumplieron sobradamente, acompañados del grupo madrileño Zoo, que no pudo terminar la actuación programada para el viernes por causas ajenas a su voluntad.
El festival se despidió este fin de semana dejando un sabor agridulce entre los asistentes. Por un lado, con esta tercera edición se consolida una propuesta de apoyo firme a la música hecha en Canarias. La Caja Sonora se convierte, en su tercer año de andadura, en el concurso de bandas isleñas por antonomasia.
Por el otro, parece que el intento de dar cabida en la final a todos los estilos musicales ha ido en detrimento de una selección más rigurosa de los participantes. Si bien los cinco seleccionados lo dieron todo sobre el escenario y demostraron estar en plena forma, también es cierto que difícilmente se les podrá considerar como muestrario estadístico representativo de la música que se hace ahora en las islas; que es mucha, variada y, en muchas ocasiones, de calidad. Es de suponer que entre las más de noventa maquetas presentadas habría propuestas en español y con letras que traten de su entorno cercano.
Más allá de las cuestiones musicales, esta tercera edición de La Caja Sonora ha desenterrado de nuevo el eterno debate sobre la necesidad de contar con un espacio habilitado para conciertos multitudinarios en una ciudad que tiene esa asignatura pendiente desde hace, al menos, 25 años. El viernes por la noche la policía mandó a parar el concierto a la una en punto de la madrugada, cuando comenzaba la actuación del grupo invitado Zoo y ante la mirada estupefacta del público asistente, que tuvo que quedarse sin disfrutar del evento.
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